Joan Fontcuberta (Barcelona, 1955) es artista, ensayista, docente y comisario de exposiciones. Su trabajo de creación en fotografía se extiende por más de cincuenta años y ha merecido exposiciones individuales en el MoMA, de Nueva York (1988); el Art Institute, de Chicago (1990); el IVAM, de Valencia (1992); el MNAC, de Barcelona (1999); ARTIUM de Vitoria (2003); La Virreina Centre de la Imatge, de Barcelona (2008) ; Maison Européenne de la Photographie, de París (2014); Science Museum, de Londres (2014); Museu d’Art Contemporani Can Framis, de Barcelona (2021), Museo de la Universidad de Navarra, de Pamplona (2024), Alfred Ehrhardt Stiftung, de Berlín (2024), Kutxa Kultur Artegunea - Tabakalera (Donostia, 2025), entre otros.
Ha publicado numerosos libros de temáticas relacionadas con la historia, la estética y la pedagogía de la fotografía: los últimos son La furia de las imágenes. Nota sobre la postfotografía (Galaxia Gutemberg, Barcelona, 2016), Desbordar el espejo. La fotografía, de la alquimia al algoritmo (Galaxia Gutemberg, Barcelona, 2024), e Imágenes latentes. La fotografía en transición (Dalpine, Madrid, 2025).
En 2013 Joan Fontcuberta ha sido galardonado con el premio internacional de la Fundación Hasselblad. En España ha recibido el Premio Nacional de Fotografía (1998) y el Premio Nacional de Ensayo (2011). Es Premio Nacional de Cultura de la Generalitat de Catalunya (2012) y Premio Ciudad de Barcelona en la categoría de Ensayo y Humanidades (2016). En 2022 fue investido Doctor Honoris Causa por la Universidad Sorbona París 8.
En la mitología griega, la orquídea nace de la transformación de Orchis, hijo de una ninfa y un sátiro. De la madre heredó el encanto; del padre, el deseo. Feroz y desmesurado, los dioses del Olimpo lo castigaron convirtiéndolo en una delicada flor. Del griego orchis —“testículo”— la orquídea ha sido desde entonces símbolo de fertilidad, seducción y lujuria, pero también de la perfección de lo imprevisible y de una gracia tan exquisita como inquietante.
Esta serie explora el encuentro entre polos aparentemente opuestos: lo abyecto y lo sublime, lo marginal y lo exquisito. Los dípticos ponen en relación retratos de personajes estrafalarios —cuerpos tatuados, piercings, estéticas góticas o tribales— con primeros planos de orquídeas de una belleza igualmente insólita, frágil y excéntrica. Faunas sociales y florilegios botánicos dialogan así en una misma constelación de rarezas.
Cada imagen propone una identificación: el retratado se acompaña de la especie con la que cree reconocerse, ya sea por su extraña hermosura o por la singularidad que le atribuye. Entre extravíos sociales y caprichos de la naturaleza, estas asociaciones sugieren que lo monstruoso y lo delicado, lo anómalo y lo admirable, no son más que dos caras de una misma pulsión vital. En ese territorio ambiguo donde los extremos se tocan, la diferencia se revela como una forma de esplendor y como un principio de identidad.